De los que padecimos la fiebre del insomnio, muchos hemos salido de su influjo.
Hoy siendo siglo 21, más devastadora que la silla eléctrica, la contaminación ha cansado nuestros ojos y la bohemia intelectual de mis escritos a las cinco de la mañana, ha pasado a mejor vida.
Un vacío inmenso se ha apoderado de mi entorno, y sólo imagino lo que alguna madrugada pude escribir, lo que yace en un pendrive dentro de una caja de cartón que contuvo alguna vez, un par de zapatos de cuero legítimo.
Hombres anteriores a la época del metal y de la imprenta, autores de anónimas piedras rosetas, convídenme de nuevo su energía, que me abandona, con las cargas de la memoria.
Ayer, las carnes asadas de los week ends yacieron en sus parrillas, mientras se detonaba el fuego con las páginas culturales y se deformaba un Donoso en el fuego rojo saludable, mientras mi vida flotó en el aire, sin haber escrito una letra este domingo.
Un trago de vino, ayudó en cambio al patán a hacerse menos, y al bacán hacerse más.
De vez en cuando me inspiro con una sonata como ésta, salgo de los cánones, y sueño con ser leído en alguna habitación, imaginado por las mentes, que cansadas de hacer el amor y pololeos de ojitos, descubren en cuatro letras los cuatro puntos cardinales.
Añoro mis madrugadas inspiradoras.